Carta al que era hace 30 años

No dejo de pensar en ti.

Llevo días pensando en la mucha falta que me haces, en tu ausencia pesada.

Te dejé un día cualquiera. No recuerdo ya cuando fue, quizás porque nunca supe bien. Seguramente pasaron días, meses, antes de darme cuenta de que ya no estabas.

Y te extraño tanto. No te llevaste nada porque al final nada esperabas de mí. Tu ultimo recuerdo debió ser la decepción, ya ni siquiera la tristeza. Dejé de escucharte. Te cansaste de tratar de hablar conmigo. Es natural, ¿quién quiere estar con alguien que se traiciona a sí mismo?

Ahora que lo pienso, esperabas mucho de mí. No fue fácil la época que pasamos juntos, pero en retrospectiva no estuvo mal. El problema es que fue el momento en que generé ese deseo de lastimar a otras personas, de ver quién pagaba lo que me hacían. Ese deseo de venganza que me sacó de balance cuando subí un escalón. Ese vértigo que me hizo perder el control hasta que me desplomé.

Hoy me doy cuenta de que sí sabias quién era yo y qué podía lograr. ¿No logré muchas cosas? ¿No gocé del éxito y el aprecio de gente poderosa y valiosa? Y lo dilapidé. Y me convertí, como me dijo alguien cuando me despidió, en una “profunda decepción”.

Para entonces ya te habías ido. Si me hubiera dado cuenta seguramente no me hubiera mareado en mi miseria. Pero te fuiste, sin remedio ni estela.

Te recuerdo todos los días. Escucho las canciones que oíamos juntos en mi cuarto, que salían de una grabadora Panasonic. Busco los rastros de esas tardes y allí los tengo: grabaciones, frases, sensaciones. Es lo único tuyo que me queda. No te llevaste nada, yo destruí todo antes de tu adiós silencioso.

¿Y si volvieras? No sé. Seguro que me haría feliz, pero me avergüenza que me veas en esta condición: débil, desorientado. Cada día más anciano. Cada día más muerto. ¿Me abrazarías? ¿Me darías confianza?

¿O sólo llorarías desolado antes de irte para siempre?

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